archivo para Febrero, 2007

Historia Social del Sexo (III)

Domingo, Febrero 25, 2007

ANTECEDENTES DE LA LIBERACIÓN

La influencia de la Ilustración en el siglo XVIII supone una renovación del pensamiento y la adquisición de nuevos valores en todos los órdenes. No sin ciertas reticencias por parte de algunos sectores, se implanta una nueva visión de la mujer que cuestiona su inferioridad y sumisión al varón en la institución matrimonial, y se le concede el placer de disfrutar de la vida. Se pudo de moda el cortejo a las damas y una mentalidad más abierta en materia sexual.

Ya en el siglo XIX, época del Romanticismo, se produce una exaltación de los sentimientos y una tendencia a la liberalización de las costumbres sexuales. La clase acomodada muestra a sus amantes y queridas sin pudor, el adulterio ya no es penado con la muerte y en 1851 surge un proyecto de Ley de Divorcio. Los burdeles se multiplicaron y las grandes cortesanas triunfaban entre la aristocracia y la realeza, al tiempo que aparecieron nuevas formas de seducción sobre los escenarios, tales como el strip-tease en Nueva York.

5.- LA REVOLUCIÓN SEXUAL

 La revolución industrial, los avances en las comunicaciones y las controvertidas teorías de Freud sobre la sexualidad humana, constituyen factores fundamentales para el inicio de la modificación de las actitudes de la sociedad en materia sexual.

Asimismo, los movimientos juveniles de la década de 1960 y la transformación política y económica del momento, propician la ruptura de la ortodoxia sexual impuesta por la religión a lo largo de los siglos, y se considera que la sexualidad es una función básica del ser humano, algo natural e inherente a él que debe ser disfrutado sin temor ni sentimientos de culpabilidad. Se produce entonces la exaltación del erotismo, del amor libre y de la no represión.

Otro aspecto crucial de esta revolución es el cambio de la situación social de la mujer, debido al surgimiento de planteamientos igualitarios respecto al hombre; ello se traduce en la valoración de su capacidad para asumir nuevas responsabilidades, la no limitación de sus funciones al cuidado del hogar y de los hijos y en su consecuente integración en el mundo laboral. Por otro lado, el desarrollo de los métodos anticonceptivos proporciona a la mujer la posibilidad de disociar acto sexual y procreación y una mayor libertad para entregarse al goce sexual.

Sin embargo, todavía en los años 50 y 60, sociedades tan conservadoras como la norteamericana, quedaron conmocionadas con la aparición de diversos estudios sexológicos, tales como los de Masters y Johnson o el Informe Kinsey, que revelaban, entre otras cosas, el hecho de que en la sociedad se habían extendido ciertas prácticas sexuales como la felación o el sexo anal, prohibidos por la ley en algunos Estados.

A pesar de las reacciones en contra, se implantó de forma progresiva un nuevo concepto de sexualidad y unas actitudes más permisivas al respecto, e incluso cierta promiscuidad en los años 80. Pero la aparición del SIDA como enfermedad de transmisión sexual dio lugar a un nuevo enfoque, tendente a recomendar la adopción de las precauciones necesarias, tales como el uso del preservativo o la realización del acto sexual exclusivamente con una pareja estable.

Así, en la actualidad se observa el inicio de una corriente, hasta el momento minoritaria, caracterizada por el conservadurismo en materia sexual, y prueba de ello son los clubes de castidad que han aparecido en algunos países, incluida España.

Pero los planteamientos sobre sexualidad varían enormemente en función de las diversas culturas, sociedades y religiones, y aunque en muchos lugares se ha conseguido eliminar la mayoría de los tabúes existentes e implantar una formación en materia sexual, todavía hay países en los que queda un largo camino por recorrer para considerar la sexualidad humana en todas sus dimensiones.

Historia Social del Sexo (II)

Domingo, Febrero 25, 2007

RELIGIÓN Y REPRESIÓN SEXUAL

Tras las invasiones bárbaras y el declive económico y territorial sufrido por los romanos, triunfa el cristianismo, que impone ideas muy restrictivas en materia sexual. El Antiguo Testamento califica como impuros el adulterio, la fornicación, la prostitución, la sodomía y la homosexualidad.

La monogamia es estricta y el matrimonio indisoluble, al tiempo que se prohibe tajantemente toda relación extramarital.

La mujer es situada en una posición de inferioridad respecto al hombre y considerada poco más que una esclava del varón, e incluso se llegó a debatir en el concilio de Macón la existencia de alma en la mujer.

Se exalta la castidad como símbolo de pureza y el acto sexual es considerado como algo pecaminoso, incluso dentro del matrimonio; se admite porque es imprescindible para la procreación, considerada como un deber sagrado, pero para conseguir que el placer sea mínimo y evitar la visión del cuerpo desnudo, las mujeres debían ponerse un camisón que poseía a la altura de los genitales un orificio por el que el marido debía introducir el pene.

El mito de Adán y Eva sitúa a la mujer como foco de tentación, hasta el punto que San Pablo llega a afirmar en la Epístola a los Corintios que “…bien le está al hombre el evitar el contacto con la mujer. Sin embargo, por evitar la fornicación, que cada hombre tenga su mujer, y cada mujer su marido. (…) Si no pueden guardar continencia, que se casen. Es mejor casarse que abrasarse.”

San Jerónimo considera que cada contacto sexual aleja un poco más del Espíritu Santo y, por otro lado, el papa Gregorio el Grande en el siglo VI indica que el pecado original es hereditario: “El apetito de nuestros padres por la carne es la causa de nuestra vida y por eso somos pecadores”.

Para San Agustín, libertino durante su juventud que posteriormente renegó de su pasado, el amor es deleznable, infernal, podredumbre y pus. La renuncia al placer y el sacrificio son obligatorios.

Todo ello da lugar a que se extienda un sentimiento de culpabilidad y malestar entre los cristianos, obligados a avergonzarse de su cuerpo y a la represión de sus instintos naturales.

En el año 711 los árabes invadieron la Península y la mayoría de sus habitantes se convirtió al Islam, religión que, si bien toleraba el placer sexual, relegaba de nuevo a la mujer a vivir para el hombre, procurarle satisfacción y cuidar de sus hijos y de su casa. Más aún: se llegaba incluso a considerarla como un instrumento de servidumbre o un simple vegetal. Averroes lo expresa así: “No se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales; su vida transcurre como la de las plantas, al cuidado de los maridos.”

Para rebelarse a este sometimiento, la mujer a menudo recurría al adulterio, por lo que se impuso entonces un drástico remedio, la extirpación del clítoris, con la finalidad de evitar que obtuviera placer con la relación sexual. Esta práctica se sigue realizando en la actualidad en algunos países islámicos cuando la mujer cumple nueve años.

Pero hacia el siglo XI ya todo era diferente en España, se produjo una relajación de las costumbres y la sociedad era más tolerante y permisiva en materia sexual. Sin embargo, con la caída del califato, los bereberes impusieron una estricta moral y una intensa vigilancia llevada a cabo por censores para evitar todo contacto entre hombres y mujeres que pudiera predisponer a la “fornicación”.

Durante la Edad Media, a pesar de las intensas creencias religiosas y del gran poder del clero, existe cierta promiscuidad y el sexo impregna muchas actividades de la vida cotidiana. Se trataba de una válvula de escape, un desahogo ante una vida corta y sin comodidades, sometida a continuas guerras, hambre y epidemias.

Sin embargo, por ser un largo período, encontramos en la Edad Media muy diversas costumbres y prácticas amorosas. Así, por ejemplo, es característico de los siglos XII y XIII el amor cortés, un amor platónico por el que el hombre rendía culto a la mujer de la que se había enamorado; el caballero se empeñaba en ser merecedor de la dama, elevada a una imagen mítica que la hacía inaccesible. Pero este amor sólo podía vivirse fuera del matrimonio, pues no sobreviviría a la rutina diaria, y pronto encontró la oposición de la Iglesia.

También es característico de la Edad Media el uso del cinturón de castidad, invento procedente de Oriente que imponían los maridos a sus mujeres para garantizar la fidelidad durante su ausencia; se trataba de unos pesados hierros con candados que impedían la realización del acto sexual.

Por otro lado, sólo a partir del siglo XVI y a raíz del concilio de Trento, se estableció la obligación de que el matrimonio fuese público y ante un sacerdote. La mujer podía casarse a los doce años, y el hombre a los catorce. Aunque el divorcio estaba prohibido, se admitía como causa de anulación el que alguno de los cónyuges fuera incapaz de la consumación del acto sexual. Además, la Iglesia reguló la frecuencia sexual dentro del matrimonio, de forma que las parejas debían abstenerse cuarenta días antes de Navidad, los ocho posteriores a Pentecostés, los miércoles, viernes y domingos, las fiestas religiosas, los días de ayuno, cinco días antes de la Comunión y uno después: en total, unos ocho meses al año. Ello favoreció el concubinato y la asistencia a prostíbulos.

La homosexualidad femenina se llegó a permitir, a diferencia de la masculina, cuya práctica fue severamente reprimida.

En cuanto al aborto y al infanticidio, en muchas ocasiones suponían la condena a muerte de quien los efectuara.

Durante el Renacimiento, la mayor parte de Europa fue sometida a una aún mayor represión sexual, debido a la unión Iglesia -Estado, pero España gozaba de cierta libertad que posteriormente el clero intentó restringir. Además, en esta época comienza a adoptarse un enfoque científico para el estudio de cualquier fenómeno, y la sexualidad no escapa a este análisis, aunque la falta de rigor todavía asoma en multitud de documentos de entonces.

Mientras tanto, la sífilis, importada de América, hizo estragos en el continente europeo y se extendió al resto del mundo. El preservativo se inventó en el siglo XVII, pero su uso no comenzó a divulgarse hasta el siglo siguiente.

En el siglo XVII España se encierra en sí misma y se aísla de las ideas liberales del extranjero. Impera la incultura, el fanatismo y el desprecio al trabajo, en tanto que la vida sexual se caracteriza por la constante oposición de la Iglesia al placer; contrariamente, surge una especie de doble moral que obliga a la mujer a permanecer fiel mientras el marido adquiere relevancia social si mantiene a mancebas o queridas. Del mismo modo, como la mujer debía llegar virgen al matrimonio, la virginidad se convierte en un valor muy apreciado por los hombres, que incluso llegan a exigirlo por escrito.

Historia Social del Sexo (I)

Domingo, Febrero 25, 2007

A lo largo de la historia, la sexualidad humana ha adquirido connotaciones negativas y ha sido rodeada de un halo de misterio y secretismo porque se consideraba un bajo instinto, algo vergonzoso y censurable que únicamente respondía a una tentación, al vicio, al pecado. La represión sexual impuesta por la Iglesia y la inferior consideración social de la mujer han condicionado enormemente la evolución de la conducta sexual del ser humano.

EL SEXO DURANTE LA PREHISTORIA

En un principio ni si siquiera se tenía constancia de la relación entre acto sexual y procreación, por lo que algunas tribus consideraban el nacimiento de los hijos como el resultado de la intervención de fuerzas mágicas o divinas. La relación sexual era únicamente un instrumento para la obtención de placer.

Pero en los tiempos del Paleolítico superior, cuando el ser humano toma conciencia de su función reproductora, la fecundidad de la mujer se entendía más bien como una desgracia que ponía en peligro el equilibrio del clan, ya que se trataba de una época de glaciación en la que se padecía un frío intenso, las condiciones de subsistencia eran realmente penosas y el hombre debía vivir en cavernas y con una constante falta de alimento.

En esa lamentable situación en que las tribus nómadas debían soportar tantas penurias, no había interés alguno por la perpetuación de la especie, pues nada era estable ni se había concretado el concepto de permanencia. Los niños reducían los recursos disponibles y constituían una carga indeseada.

Sin embargo, al final de la última glaciación, con el descubrimiento de la agricultura y el establecimiento del hombre en los territorios por periodos de tiempo más prolongados, la sexualidad cobró gran importancia porque se identificó la fertilidad de la tierra, imprescindible para su supervivencia, con la fecundidad de la mujer. Entonces nació el culto a la sexualidad femenina, y prueba de ello son las estatuillas que representan el ideal femenino del hombre de Cromagnon: figuras redondeadas, con grandes pechos y glúteos y enormes caderas que simbolizaban su fecundidad. También se extendió la adoración del falo masculino como elemento creador de vida y fertilidad.

LAS ANTIGUAS CIVILIZACIONES

En Mesopotamia se rendía culto a Astarté, diosa protectora de la sexualidad, a la que las mujeres jóvenes ofrecían su virginidad entregándose a un extraño en el templo. Posteriormente en Grecia se adoraba a Afrodita, en cuyo honor se realizaban ritos de amor y fecundidad.

Éstas y otras manifestaciones cuya finalidad era la unión del sexo y lo sagrado, simbolizaban el vínculo del hombre con la naturaleza y con los dioses. Pero además suponían una forma de mantener o incrementar los bienes familiares, algo que se refleja por ejemplo en los antiguos matrimonios: en Babilonia, Grecia y Roma se estableció firmemente la norma de intercambiar regalos o entregar a la hija una dote para contribuir a su seguridad durante el matrimonio.

La mujer comenzó a ser una mercancía de intercambio, al tiempo que se instituyó la familia como algo sagrado y el matrimonio se convirtió en un ritual. Así, en el antiguo Egipto, se consolidó la costumbre de que el heredero del trono debía casarse con su hermana para ser considerado rey legítimo; en el fondo, el objetivo era la protección de su patrimonio.

En Babilonia se castigaba cruelmente el adulterio de la mujer, a la que se arrojaba al río junto con su amante, o bien se le cortaba a ella la nariz y él era castrado. En Babilonia y también en Israel, la finalidad del matrimonio era la procreación y el mantenimiento del poder del clan.

En el siglo V a. C. en Grecia, la construcción de las ciudades y el desarrollo de las actividades artesanales y comerciales dio lugar a que el hombre comenzara a perder el contacto con la naturaleza y se dedicara al ocio y al arte, por lo que la sexualidad empezó a perder su sentido profundo y se realizaron múltiples orgías que suponían simplemente una liberación personal. Se sustituyó el culto de Afrodita por el de Dionisos, dios del vino, y se creó al dios Apolo, caracterizado por su sabiduría y tendencia a la moderación del instinto; con ello se intentaba lograr un equilibrio entre ambos extremos.

Sin embargo, la tarea de la mujer de Atenas era exclusivamente la de perpetuar la raza y ocuparse de los hijos, mientras los hombres recurrían a las hetairas para saciar sus impulsos sexuales e intercambiar ideas sobre cultura y arte, pues se trataba de cortesanas que no sólo vendían su cuerpo, sino también su encanto, conocimientos y amistad. Además, la práctica de la homosexualidad masculina era algo muy extendido, pues se consideraba como una búsqueda de la belleza y del amor.

En cambio, en Roma, en los tiempos de la República, aún se mantenía la estructura de familia patriarcal y el respeto a la religión. Pero con la corrupción de la clase dirigente y las guerras coloniales a las que debía hacer frente el Imperio para mantener unidos a pueblos tan diversos, la unidad familiar se rompe y el panorama cambia por completo. La mujer se desentiende de los hijos, cuya educación es confiada a una sirvienta o a un esclavo, se extiende el aborto como método anticonceptivo y se recurre al sexo y a la lujuria para la realización personal, tanto masculina como femenina, puesto que la obtención de placer era el valor dominante al que se sometía todo lo demás. El adulterio, preconizado por Ovidio en “El arte de amar”, y el divorcio eran aceptados y practicados en numerosas ocasiones. Los excesos, la avidez sexual y el desenfreno caracterizan a la última etapa del Imperio romano, si bien comenzó a surgir una corriente contraria, encabezada por filósofos estoicos y neoplatónicos, que defendía la espiritualidad y unos nuevos principios.



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